EL ULTIMO QUEJIDO


Mi alma se desmorona
como un puñado de estrellas
que agoniza en un cielo olvidado.

Se desmigaja en su ausencia
y confinada a esta celda
la soledad se va quedando más sola.

Bulle la carne entre estos barrotes,
su silencio se hace estruendo en mío
amontonando jadeos
que azuzan a esta ansia contenida.

La locura se alza furibunda y ataca
y desde los deseos revientan llamas
que me arrojan a sus brazos sin remedio.

Rompiendo el atardecer voy,
acudo a su boca,
a su afán,
a su gana,
a calmar el desespero de su ayuno.

La furia estalla y unta los instintos
que delatan y mojan de prisa
y resbalando por la sombra embisten.

Indefensa la voluntad se entrega
sometiéndose al rojo vivo
donde usted fragua mis deseos
hasta arrancarme el último quejido.

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